Imperfecciones y Sabiduría

Desde que leí la maravillosa Carta Encíclica publicada por el Vaticano la semana pasada, firmada por el Papa León XIV, me he sentido motivada a escribir varios artículos al respecto. Su título, Magnifica Humanitas: Sobre la Custodia de la Persona Humana en el Tiempo de la Inteligencia Artificial, nos invita a reflexionar y debatir sobre los múltiples argumentos que ofrece el texto. Estos apuntan a características esenciales de nuestra condición humana y a nuestro potencial para alcanzar un mundo de plenitud para todos los seres de nuestra especie.

Hoy, sin embargo, quiero enfocarme en un punto específico que aborda la Encíclica y que siempre me ha fascinado: la belleza de la imperfección. La cita que me movió a leer la carta completa fue la siguiente:

«Para un algoritmo, un error es un defecto que hay que corregir; para una persona, en cambio, un error puede ser un catalizador para un cambio profundo.» (Párrafo 128).

En un mundo donde la imagen y el algoritmo se han convertido en motores del actuar humano, no es sorprendente que tantas personas se sientan deprimidas y carentes de propósito. La vida perfecta, el físico perfecto, la familia perfecta, el trabajo perfecto y la felicidad plena no existen. No debería ser necesario decirlo en voz alta; todos lo sabemos. Sin embargo, la constante atención y energía que invertimos en la idea de perfección, consumida a raudales a través de plataformas digitales, nos paraliza como sociedad, especialmente a los más jóvenes. El empresario, autor y profesor de la Universidad de Nueva York, Scott Galloway, que ayuda a muchos jóvenes a salir de la apatía, insiste en que:

«El amor verdadero requiere riesgo. La amistad verdadera requiere presentarse de manera imperfecta. El verdadero éxito requiere fallos repetidos. Si eliminamos toda fricción de la vida, eliminamos la resiliencia de las personas.»

La advertencia de Galloway resuena perfectamente con las afirmaciones del Papa en su Encíclica, especialmente entre los párrafos 118 y 120, que añaden un hermoso elemento de espiritualidad al tema:

“Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un ‘límite’ — incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad — tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite… Solo gracias al entramado de libertad y caídas, sueños y decepciones, se realizan en el corazón esas maravillas interiores que nos hacen saborear el gusto más dulce de nuestro ser humano. Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos.”

Nuestra aversión al sufrimiento y a enfrentar lo que no nos gusta, sumada al avance tecnológico y al consumo de estilos de vida en línea que vienen envueltos en empaques perfectos, está encerrando a los humanos en una celda de cuatro paredes. La religión, la espiritualidad y la introspección son herramientas esenciales para liberarnos de esa aversión por «lo feo» y del agobio constante por perseguir el espejismo de la perfección. Al soltar esas cadenas, se abre entonces un espacio no solo para la resiliencia y la acción, sino también para la empatía, la compasión y el deseo de trabajar por el bien común.

Aquellos menos inclinados a la religión pueden encontrar en el psicoanálisis advertencias similares a las que presenta el Papa León XIV en su Encíclica. Carl Jung afirmaba en su texto Psicología y Alquimia de 1944:

«La sombra es una parte viva de la personalidad y, por lo tanto, quiere vivir con ella de alguna forma. No puede ser discutida hasta su inexistencia ni racionalizada hasta su inofensividad. Este problema es sumamente difícil, porque no solo desafía al hombre entero, sino que al mismo tiempo le recuerda su impotencia e ineficacia.»

El mensaje parece ser que, en la medida en la que aprendemos a aceptar nuestra propia sombra, nuestras propias imperfecciones, nos hacemos entonces más capaces de aceptar y de incluso ver la belleza en las imperfecciones ajenas. Por ejemplo, en una amistad, cuando uno de los amigos comparte sus inseguridades o fracasos, el otro puede sentirse más cómodo haciendo lo mismo. Esta vulnerabilidad compartida fortalece su vínculo y les permite ver la belleza en sus imperfecciones mutuas.

Es cierto que los humanos siempre nos hemos resistido a mirar, y sobre todo a aceptar, nuestros defectos. Pero al menos antes, esta renuencia no era promovida subliminalmente por un bombardeo de espejismos virtuales ni por ejecutivos multimillonarios de la Inteligencia Artificial. Entre nosotros se están forjando ideales inalcanzables que paralizan y distorsionan nuestra humanidad. Me da vértigo la idea de existir en un mundo de vidas ficticias y me asusta que perdamos la capacidad de reconocernos en el rostro de los otros, sobre todo aquellos con los que tenemos poco en común. 

Como siempre, elijo el lado de la rebeldía que busca la belleza en lo imperfecto y en lo único, porque es precisamente en esa búsqueda donde experimentamos lo más hermoso de ser humanos. Como dice el diseñador de moda japonés Yohji Yamamoto:

“Pienso que la perfección es fea. En algún lugar de las cosas que los humanos hacemos, quiero ver cicatrices, fracaso, desorden, distorsión.”

En esas imperfecciones, en esos relatos de lucha y aceptación propia, está nuestra esencia. Es allí donde se esconden los pequeños tesoros que nos regalan instantes de realización y conexión genuina con el mundo tangible y con nuestros congéneres.


Magnifica Humanitas: Sobre la Custodia de la Persona Humana en el Tiempo de la Inteligencia Artificial

Scott Galloway comenta sobre el miedo al fracaso de los jóvenes varones hoy en día. Mira el clip cortito en Youtube

Jung, Carl. Psicología y alquimia. Traducido por R. F. C. Hull, Ediciones Paidós, 1972


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