
Mientras reflexionaba la semana pasada sobre la belleza y la sabiduría de la imperfección, inspirada en la Carta Encíclica del Papa León XIV, descubrí otro tema que quise explorar esta semana: la atención como expresión de amor. En el contexto de la Encíclica Magnifica Humanitas: Sobre la Custodia de la Persona Humana en el Tiempo de la Inteligencia Artificial, fue el párrafo 114 el que capturó mi atención en esta ocasión. Allí, el Papa menciona cómo «nuestra habilidad para ofrecer cuidado y reconocernos los unos a los otros se perfecciona con la experiencia y se manifiesta, por ejemplo, cuando leemos un cuento a un niño, acompañamos a una persona anciana o creamos un ambiente acogedor para un ser querido. A través de estas actividades, aprendemos a reconocer al otro como una persona digna de atención.”
¿Qué hace que una persona sea digna de nuestra atención? Puede haber muchas respuestas para esta pregunta, pero una irrefutable tiene que ser el amor.
El filósofo y psicólogo norteamericano William James no es necesariamente el mejor pensador para citar en una reflexión sobre el amor incondicional, pero hay una idea en su doctrina del pragmatismo que es relevante aquí. Para James, “la experiencia es aquello a lo que decidimos prestarle atención. Solo aquello que observamos se convierte en realidad para nosotros.”
Esta afirmación se puede analizar desde dos perspectivas diametralmente opuestas: la del amor hacia otro ser humano y la de nuestra adicción a la tecnología.
Desde la perspectiva del amor, es fácil pensar en ejemplos que ilustran la frase de James: “solo aquello que observamos se convierte en realidad para nosotros.” Evoca, por ejemplo, historias de amor a primera vista, donde dos seres se miran a los ojos y sienten que el mundo a su alrededor se desvanece, dejando solo a la persona amada en el mundo. También evoca la imagen de una madre alimentando a su bebé, ambos perdidos en la mirada del otro, llenos del más puro e infinito amor.
Pero, ¿qué sucede cuando extrapolamos esta afirmación al contexto del mundo moderno, donde las miradas están atadas a pantallas, perdidas en el vacío de las redes sociales, y sometidas al dictamen de un algoritmo? Es distópico. Piensa en ese padre o madre cruzando la calle empujando un coche, mientras su bebé lo observa, sumido en el teléfono. Imagina a una pareja en un restaurante, comiendo en silencio, atrapados por las alertas de sus dispositivos, a pesar de todo lo que probablemente haya que contarse. O considera al chico que anhela el consuelo de un amigo, pero cuyas preocupaciones nunca se articulan porque es más fácil reírse de un meme o de una notificación en la pantalla. Estas son pequeñas tragedias en las que la realidad y el tiempo se desvanecen, siendo reemplazados por una función programada, quizás no por un humano, sino por un algoritmo o por la misma IA.
Dar un paso atrás para abandonar el falso refugio de la distracción y la complacencia del ego, y enfocarnos en los humanos a nuestro alrededor se ha convertido en una decisión ética. Después de todo, ese mundo ignorado, que parece desvanecerse a nuestro alrededor cuando nos sumergimos en nuestras pantallas, sigue existiendo y sigue siendo real. Ignorar las realidades de ese mundo tendrá consecuencias, incluso si tratamos de hacer caso omiso; eventualmente, se volverán contra nosotros.
Esto me lleva a otra reflexión de la Carta Encíclica, extraída del párrafo 94 y que considero esencial. El Papa León XIV dice:
“El peligro de que la humanidad sea víctima de sus propias conquistas había sido ya percibido con lucidez por san Pablo VI, cuando advertía que ‘los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre’. Por eso, el progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue. Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se ‘tiene más’, pero no se ‘es más’.”
La encíclica también enfatiza el concepto del bien común, sugiriendo que una sociedad sólida y feliz solo puede construirse cuando es inclusiva y persigue el bienestar de todos. Nuestra humanidad y sentido común claman por esta premisa, pero, lamentablemente, estamos tan distraídos, tan hipnotizados, que apenas escuchamos la voz del sentido común. Además, las corrientes de pensamiento moderno, promovidas por aquellos que tienen plataformas gracias a su dinero o poder, no solo nos mantienen distraídos en el espejismo de las redes sociales y la inteligencia artificial, sino que activamente afirman que es estúpido e ingenuo creer en la búsqueda del bien común.
La atención absoluta -aquella que se ejerce desde el amor- ha perdido su valor en el mundo actual. Ahora se subestima el arte de esperar con paciencia y el momento de compartir con el otro. Estamos tan confundidos que sobrevaloramos la maximización de la eficiencia y el uso de herramientas virtuales, descuidando el valor de ofrecer nuestra atención total.
No debe subestimarse el hecho de que tantas tradiciones religiosas y corrientes actuales sobre el bienestar emocional apuntan a la importancia de estar presentes. Después de todo, la atención es relacional; nos conecta con el mundo que nos rodea, y ese vínculo se convierte en el vehículo de la felicidad. Se podría argumentar que lo sagrado no se define solo por creencias, sino precisamente por la presencia absoluta, que es la atención plena. En el cristianismo, por ejemplo, la oración contemplativa busca un encuentro silencioso con lo divino; en el budismo, la meditación profundiza la conexión con uno mismo y con el mundo; las espiritualidades indígenas promueven rituales que conectan con la tierra y los ancestros; y en el hinduismo, el yoga facilita una conexión sagrada a través de la atención a los movimientos del cuerpo.
No es tampoco coincidencia que las mentes más brillantes e innovadoras de la historia hayan sido aquellas capaces de enfocar toda su atención en los objetos de su curiosidad. El genio de Leonardo Da Vinci, por ejemplo, provenía de su obsesión por observar el mundo hasta el último detalle con una curiosidad insaciable. Shakespeare, por su parte, solo pudo plasmar una fotografía tan fiel de todo el espectro de las virtudes y defectos humanos en su vasta obra literaria, observando con atención a hombres y mujeres a su alrededor.
Vale entonces preguntarse: ¿Qué valor tienen nuestras proezas tecnológicas si a estas alturas no hemos aprendido a reconocer la belleza de nuestra humanidad y la profunda satisfacción que brinda navegar en este mar de la vida, especialmente cuando superamos tormentas y disfrutamos del amanecer cuando por fin se aclara el cielo?
En un mundo cada vez más saturado de distracciones, es crucial recordar que la atención absoluta, ejercida desde el amor, es lo que realmente nos conecta con los demás y con nuestra propia humanidad. La verdadera riqueza no se mide en logros tecnológicos ni dinero, sino en nuestra capacidad para estar presentes. Cuando decidimos poner atención plena, no solo cultivamos un sentido de comunidad y bienestar, sino que también abrimos la puerta a una vida más completa, donde cada momento compartido se convierte en un testimonio de amor, conexión y humanidad.
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Excelente, Ginny. Muy cierto lo que dices, apoyándote en la reciente Enciclica del Papa León XIV.